cuentos de vida

Carta a Venus: 1.2

La época lo amerita y como escritora tendré que decir que esta mierda de la Navidad a las mujeres nos pone cada vez más sentimentales. No gusta vernos entre tonos rojos, delgadas, con la nariz perfilada y enamoradas, como si fuese el San Valentín de diciembre; y ni que hablar del Año Nuevo.

Mientras escribía la carta a Santa Claus con Arturo, pensé en lo que en realmente como madre le puedo pedir a este viejo panzón, cosas que como mujer no me cumpliriría; a lo mejor y ni siquiera fantasías se pueden pedir. Un reno trayendo fantasías sexuales en el trineo, ¡ja, quisiera ver esa agonía! Con esa mirada de niño inocente Arturo me pregunta: “Y vos, ¿qué le vas a pedir a Santa?”, y como toda madre le respondí con un levantón de hombros y dije: “nada que una mamá ya tenga mi vida”, aunque lo único que pasaba por mi mente era responder con un: “sexo, santa, sexo salvaje y fuerte con uno de esos de portadas. Sólo sexo.” Y me eché a reír.

A mis cuarenta y dos años mi situación sexual no era como la de Marta, ni mucho menos como la de Marielos. Eduardo y yo teníamos tiempo de rozarnos la espalda por las noches y decidimos cambiar los “ahí, más duro, sí, sí… SÍ.” por un “lo traes a las 5:00…”. Era deprimente.  Yo misma me sentía poco.

Según mi psiquiatra a los cuarenta las mujeres alcanzamos la edad sexual madura y nuestras relaciones deben ser más estables, creo que no ha chequeado los estados actuales en Facebook de sus amigas; al menos sé que Marielos lo cambia a cada nada, dentro de poco y Facebook me deja poner un estado como “Me siento con-  ganas de coger (emoji caliente, emoji fuego).”, puede que me lleve una sorpresa y sino pues me bloquean la cuenta, aunque pensándolo bien la maestra de Arturo es amiga mía… A veces creo que la sexualidad debería de volver a su época hippie, y mi sexualidad debería de volver a su época sexual.

Muchas de mis amigas tuvieron encuentros sexuales a muy amplia edad, por lo que me dio curiosidad y sin más mínima vergüenza en una tarde de café con Marta todas me contaron a que edad se habían masturbado. ¡MASTURBADO! (Sí, lo dije, y será mi próximo estado en Facebook, es más, debería existir un emoji para esto). Muchas de nosotras iniciamos a la edad de quince o dieciocho años y una que otra a los diez u once, me imagino que sus padres eran un tanto escandalosos por las noches. ¡Disfruté tanto mi primera vez!...; el olor de Eduardo con sus manos frías dentro mío y aquella sonrisa burlona que me incitaba a gritarle al oído mi rendición. Marielos confesó la existencia de cinco orgasmos con sólo rozar el pantalón viendo aquel machote de la clase de química, cinco orgasmos que ni yo podré alcanzar con la excepción de tener al mismísimo Odín, Dios de los Dioses entre mis piernas.

Recuerdo que la primera de las veces no lograba terminar, no funcionaba tal cual me lo imaginaba. Sabía dentro de mí que se sentía bien el hacerlo y el solo lograr estrujar mis dedos y morder mis labios para no producir el más mínimos escándalo en el cuarto con mis hermanos, era tentador. Luego decidí probar con nuevas posiciones y al girar por completo mi cuerpo noté que la gloria tenía una posición, sabía que lo mío no era ser sumisa; llegué a los peluches y luego encontré la similitud de los miembros en los pepinos de la abuela del patio trasero. En ese momento me di cuenta que los niños podían parirse desde ese lugar y solo pensaba que era más placentero el tener un movimiento certero de “mete y saca”,  que parir a un niño de tres kilos y medio.

El simple hecho de pensar ser descubierta por las noches era por sí sola una aventura sexual, y aunque logré escabullirme de mis hermanos, mi madre logró encontrarme en uno de mis desvelos, mojada y con ganas de gritarle al mundo más y más. Desde ese momento pensé en hacerlo solamente en el baño; hasta que llegó Raúl y encontramos la forma de tocarnos a escondidos sonrojos en el sofá los domingos; el postre perfecto luego del gran almuerzo que preparaba mamá, un postre donde solo saboreamos la chantilly pero jamás metimos los dedos en el pastel.

“Mi carta a Santa esta Navidad será pedirle sexo.” contesté en la mesa al café. La cara de Alma no era tan placentera luego de que su hijo mayor entrará por sorpresa por más refresco.

 

“¿Y creés que se te cumpla?”- preguntó Marielos.

 

Al llegar a casa sentía ese gran deseo por explorarme a mí misma, me palpaba abandonada, fea, y no quería nada de romanticismos porque durante casi 12 años el romanticismo me enseñó que sólo te deja una verga cansada y el deseo de seguir luego de un acto sexual de diez minutos, a veces hasta tan sólo cinco.

Me encontré con un libro entre mis piernas y lencería de algodón caliente, nada fino, colores veteados y medias altas de gatitos. Era mi noche libre pues Arturo conocería a Bella, la nueva coneja de Eduardo. Rodeé la casa y caminé por cada una de las habitaciones tratando de buscar una razón para sentirme como aquella niña que rozaba sus finos dedos sobre su clítoris con tal de encontrar respuestas a la feminidad. Entré al cuarto de Arturo y la carta de Santa seguía en su almohada, como buena madre desprevenida se me olvidó entregársela al cartero hasta que recordé su pregunta, y puse manos a la obra por mi carta.

Esta vez no sería una carta a Santa, sentía que ya lo tenía todo y había perdido todo al mismo tiempo, desde juventud hasta sabiduría, amor y un divorcio con deudas de abogados, una casa hermosa con juguetes bélicos, de goma y fantasías de Disney, ¿qué más podría pedirle? Tal vez no era Santa el indicado, a lo mejor y solo Afrodita podía ayudarme. Mi vida estaba tan vacía en ese momento que otro hombre en ella por más sexo casual que pudiese ofrecerme sería la perdición total a mi cordura, y ya uno que otro tornillo lo había perdido en la posición del misionero con Eduardo.

Pedía por más sexo conmigo misma, por sentarme en una banca del parque y tocarme con locura como jóvenes; por tardes de tinas, aceites y música. Quería uno que otro juguete pero no bélico, este juguete me volvería loca y el único problema que debía de darme era cambiarle las baterías una vez al mes. Si pudiese tan solo pedir por ver a mi vecino frente a mi excitado, tocándome, nada de sexo, sólo su mirada y la mía desde el otro balcón; o tan sólo un trío entre desconocidos de fronteras. Luces bajas, calor humedecedor en la habitación, sábanas egipcias y música suave… Podría alocarme con una “Samba pa ti” entre las cuerdas de Santana con gemidos calurosos y senos caídos de tanta lujuria al bailar.

Quiero gritarle al Dios del sexo que merecemos más hombres aventureros por conocer cada rincón bajo nuestro liderazgo en materia de adiestrar los orgasmos, más parqueos en las carreteras con intención de solo tocarnos, chocolates afrodisiacos que calienten tu garganta tal cual lo logra tu mandíbula al trabajar sobre sus miembros. Pido por un espacio en el supermercado con exclusividad ante las legumbres más grandes y similares al tamaño de un pene, en estos tiempos serían de esas promociones que ni las más monjas dejaríamos pasar. Quiero descubrirlo, descubrirme y soltar la poca cordura que queda entre mis calzones de vuelitos, no más lencería premenstruación.

Sí tan sólo el mundo me dejara gritar estas rendiciones en la cena de Navidad, y sino tan solo escupirlo en el oído de Venus. Porque en otra vida si seré mujer quiero que ella me plazca con más experiencia entre mis dedos y más labia para contárselo a mis amantes con gran furor.

Y entonces escribí aquella carta, no mi historia, ni mis quejas, ni mis ganas… Eran las de otra…

 

Hoy, por primera vez un 15 de febrero del 2017, decido publicar este cuento, sin miedos y dedicado a todas y cada una de las chicas que me ayudó a escribir esta historia, una historia ganadora en el I Concurso de Literatura del Editorial Falsaria, España.  Digo "decido" porque la vida está llena de decisiones, algunas son a la ligera y a otras, pues las llamamos decisiones 1.2. 

Ilustración por: Sergio Mata. 

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