cuentos de vida

Mi antepenúltima carta para vos.

He decidido escribirte, tengo que admitir que las primeras líneas de este escrito me duelen el alma. No escribo para decir adiós, porque no es un adiós, es un nos vemos pronto.

 

Escribo mi antepenúltima carta para ti, porque no quise llamarle la última y porque tampoco la será; de hecho las personas no deberíamos de escribir últimas cartas, nos adormece el corazón y nos hace pensar que sólo el hecho de que será la última, nuestras vidas llegarán y se resumirán solo a eso. Mi vida no llegará a ser sólo esto.

Entiendo tu soledad, más no tu terquedad.

 

Pocas veces te fotografié, pero cuando tuve la oportunidad recuerdo capturar el momento de tu vida y haberlo llamado “ella lo espero una vida entera”, esperaste. Esperaste como a nadie y no se a que, o a quién. Esperaste y creo que sigues esperando. Creo que mis fuerzas o tal vez mi voluntad sigue molesta, pero no tienes la culpa. Muchas veces recuerdo decirle a mami que jamás podría cambiar a una mujer de ya más 50 años, con sus manías y locuras, arranques e ideas; no se podía. No puedes cambiar la fuerza del madero, ni la voluntad de un tigre.

 

Te hemos llorado vieja. Pero no de tristeza, bueno si un poquito. Yo te he llorado porque me dueles el amor, el amor creo que se cultiva en el alma y el corazón de las personas a través de los años, tu cultivaste el tuyo, lo criaste y lo viste florecer, y hoy me duele. Me duele el amor verte a pasito de manuelita caminando poco a poquito, sufriendo tanto a tantito. Me dueles el amor.

No prometo visitarte y ni llevarte flores, porque parto del hecho de que ambas las odiamos, “flores para que ya muerta” y tienes razón. Tampoco tienes que visitarme ni te pido te quedes más de lo que debo. Recuerdo que hace más de 7 años perdí a alguien que se que llegarás a visitar, te pido lo abraces fuerte y lo mires a los ojos, que le digas cuanto lo extraño y cuanto lo amo. De esta forma espero que tu me recibas cuando me veas.

 

En cuanto a ti, vos y yo tenemos algo pendiente y sabes que, me duele escribirlo. Por eso es mi antepenúltima carta, porque el perdón no se escribe. Se lee entre los labios y se extorsiona la mente para que esta florezca de nuevo; se que mucho más hemos de haber dado, se que mucho más has de haber querido, pero la leona quiso hasta donde la dejo su naturaleza, su sendero, su fuerza y sus orgullos.

 

La leona esta herida, ya no camina como antes.