El canto del mar

Se acerca a la orilla y nos hunde entre raíces mojadas, poco a poco carcome mi alma y renueva mis arrugas con el dulce del atardecer. 

Pocas veces te he sentido la mar, tan triste, tan tuya, tan mía. Nos escondemos y jugamos a ser los ciegos, ni vos me juzgas, ni yo te reprocho; y mientras todo aquello pasa, el Sol se esconde y me cantás una canción al oído para recordarme la dicha de la vida, lo místico de tu ser. 

Me cantás y me arropas desde mis pies hasta el fondo del corazón, le susurras a mi espíritu una frase fuerte que le cala hondo y le recuerda que esta vivo, que no debe abandonarme. 

Cantame mar, no te cansés, no me perdás ni me dejés morir con vos, cantame mar que sin tus olas repicar no me sostengo y me he de entregar a tu fortuna. Cantame mar, que te merezco y vos a mí. 

Dejá que tu guitarra de madera flotante sea como mi alma, la que necesita renovarse y el cielo tocar; como ese mismo cielo que vos tenés a tus pies. 

Se aleja, y regresa de nuevo y luego entre una y dos canciones al oído ella me deja, se acerca a la orilla y me pica con sus manos para extender mi vista hasta el Sol, el que chilla con sus tonos rosas y canta. Canta y me sostiene, alegra mi alma y limpia mis miedos.