El gato en el tejado

Tomé una taza de té, era la cuarta o quinta en la lista. Mi actitud había sido vencida y lo único que podría componer los pedazos de aquel rompecabezas era una simple taza de té, dulce pero amargo al sorbo.

Me encontré sola, conmigo en la sala de estar, ni el eco, ni las aves, ni la lluvia se acercaron a mi compañía, el invierno era lo único que mantenía a mi cuerpo en un capullo entre medias y decepciones, entre confusión y formas de volver a la vida sin ser parida de nuevo. El invierno era fresco, tan fresco como aquella primera taza de té. Rodeada de cuadros, muebles viejos, pendientes y libros por leer, rodeada de mi suerte dañada y unas cuantas tazas de té. “Sin compañía, sola conmigo y una taza, a eso se resume mi miseria.”- pensé.

La habitación se sentía fría, cuál hubiésemos invitado a un completo extraño, él hubiese caminado por la casa sin pedir permiso, movido cada espacio que me pertenece a su placer, como si hubiese recorrido cada esquina marcando un nuevo territorio e irrumpiendo en el suyo. De pronto sentí sus pasos en la punta de mis dedos, el aire lo decía y susurraba en mis oídos sus lamentos, esa misma desesperación que vaciaba mis venas.

Sus pesadas garras empezaron a deslizarse por el techo, tocando cada fibra de mi ser, repudiando mis angustias. Ví como el techo se desprendía de su estado natural para incorporarse al mío, como si abriese en mi esa oculta sensación de belleza. Oí luego cinco pasos lentos y otros cinco más fuertes, como regaños. Cada vez más cerca de mi, logrando que la ansiedad se apoderara de mis manos y fuera contando en mi cabeza el ímpetu de sus pisadas. Tan mío, como si conociese su caminar desde antes en otras vidas. Ví como el techo se desprendía a pedazos enfrente de mi cuerpo, abriéndose tal cual columna vertebral a punto de estallar que soportaba a ese gigante en el techo.

Sentí en mí una desesperación por ver sus ojos, reconocer su rostro y verle reírse de mí, estaba segura que disfrutaba mi desdicha, como si este fuese el purgatorio y él quien me juzgaba.

Pensé en gritar fuerte y pedir ayuda, pero nadie me escucharía y tampoco mi voz era lo suficientemente tensa para ser escuchada siquiera. Quise gritar, infundir en él cierto miedo ante mi presencia a como sus pasos se iban acercando a mi sigiloso.

Se detuvo por un momento y mi cuerpo creció en escalofríos, me repuse de mi vestiduras y con valentía mis piernas empujaron a mi cuerpo a una posición de guerrero que reclama su armadura y afila su cuchillo, lo miré a los ojos negros, oscuros y sigilosos, él me miró y el miedo también se apoderó de él. La habitación se tornó negra, vieja y sola, sus muebles desgastados por el oscuro miedo fue llenando del mismo tono a las paredes que lo rodeaban, mis piernas se iban camuflando y transformando con el ambiente, cual si fuera una estatua de aquella obra de arte. Le susurré:

 

“¿Por qué has de quererme a mí?”

“¿Por qué no?” Respondió.

 

Sabía que había llegado el momento, durante mucho tiempo le había esperado como quien espera a un amor infante toda su vida. Él era quien se llevaría mi más preciada obra, por lo que luche años en conservar intacta, con prejuicios y muchas fallas era casi un instrumento único, esa pieza que siempre calzaría en mi vida y me repondría de aquellos impulsos soñadores. Era hora. Sin más tiempo para despedidas, ni excusas.

Desde aquel momento, el gato sigue en el tejado y el miedo no ha vuelto de visita.