cuentos de vida

El globo rojo y la liebre

Me odio.

 

Tus manos pesadas asustan mis miedos, le susurran al oído que se escondan. No es momento de gritar, la voz no sale y solo me queda mirar a oscuras, hacia mi.

 

Me miro al espejo y siento un pesado sentimiento que invade mis hombros, de pronto un par de piernas se dejan caer ante un saco de rendición, rodillas en sangre, huesos expuestos.

 

Lloro.

 

Pero no grito.

 

No hay porque gritar, ¿cierto?

 

Saco lo mejor de mi, algunos me dicen que levante esos pesados hombros y te olvide, pero aún conservo tu olor en mis venas y debo asegurarme de tener de esa suficiente adicción. Eso somos, una adicción. Golpearnos es nuestra droga, lastimarnos nuestro deseo; llegamos a confundir el amor con la indiferencia al final de aquella obra de arte a escondidas.

 

Beethoven tocaba su quinta sinfonía solo para nosotros, recordándonos al fondo lo mucho que podría odiarme después. El viento se callaba, el Sol siempre se escondía. El aire, mi aire, se iba.

 

Pensé que era normal, el amor es normal ¿no?

 

Fingía sonrisas en un cuarto oscuro, donde los ojos no brillaban porque están ocupados escondiéndose de la piel. Las manos guardaban sus fuerzas para detener a los miedos y cuando se encontraban inquietas caminaban hasta las tuyas para susurrar un “detente”. Las piernas, aquellas piernas pesadas, solo se movían al ritmo que la sonata les pusiera.

 

Aquella canción duraba el tiempo suficiente para lograr esconder mi voluntad y redimirse a pensar que todo era normal; es normal no esperar a los demás, es normal solo pensar en ti.

 

El problema era después del baile. Cuando los órganos tenían que acomodarse al igual que mi cabeza, cuando no había tiempo para llorar y el duro aire invadía mi pecho sin pedirle permiso, sin dejarme gritar, porque gritar no era una opción. Correr tampoco lo era, era una liebre.

 

Sentí ser una liebre a punto de ser devorada por una hiena cual ríe, la liebre sabe que no podrá correr porque caminó y caminó dejándose seducir hasta el punto más alto del risco y muchos días después de aquel encanto miró tras su espalda y no pudo ver más que la punta del risco al final del camino, donde el aire ya no existía y los miedos se escondían al final del precipicio.

 

Soy esa liebre, la que arrastraste a la costumbre, la que no tuvo opción que enamorarse de la hiena y prometerle ser su cómplice, guardar sus secretos y olvidar en un rincón aquellas noches de huesos caídos.

 

Me odio.

 

Y mis huesos también, ellos ya no juegan, ya no soportan, ya no se excitan, solo te odian. Por dejarles caer, por mirarlos sin ternura, por escupir en mi piel palabras falsas que no siente el corazón.

 

Y ahora soy yo la liebre, que decide tirarse al precipicio, a la nada, con un globo rojo en la mano y el corazón en la otra. Porque soy esa liebre que no pudo gritar, a la que el aire consumió por completo pero que sabe que no habrá nada después del risco, o tal vez hay un todo. Soy esa liebre que decide tirarse, pero dejarte el corazón porque en ese cuerpo frío que sentí cerca de mí, sé que no hay un corazón.

 

Lo necesitas más que yo.

 

Soy esa cobarde que no pudo escribir en tu piel un: “corre, porque yo no pude.” Tal vez ella si.