Entintando finales.

Dedicado a Rafael Ángel Rodríguez, que de cuentos me ha contando la vida... Y a cuentos quiere que cuente la mía.

El hombre ya no podía escribir, se exigía mucho de sí y su tinta estaba agotada.

Había visto recorrer tantos autobuses, muchos de varios trenes habían perdido su rumbo, conocía a tantas personas como ellos a él. Se había enamorado tantas veces como también le habían roto su corazón.

Su problema no era el de no poder escribir, era el dejar de hacerlo; sabía que muy dentro de él las cosas no serían igual. Su locura se había apoderado lo suficiente del cuento en su cabeza, era un hombre dedicado. Alto, delgado y de gran capucha, su afición por los sombreros era tan extraña como su manía al té de manzana. Podría decirse que de todos los artistas él era quien detestaba el café más que a nadie; aunque era su segunda cosa favorita en el mundo y no por el simple hecho de beberlo sino porque le recordaba las mil y un historias que un café llego a darle la iluminación para el final de muchas de sus historias.

El hombre estaba cansado y no podía escribir; miraba el viejo reloj en la repisa correr, como si no hubiese mañana; sabía muy dentro de sí que debía de escribir, su lienzo no podía quedar en blanco. Los grandes artistas invierten años, tragedias, hambres de poder eternas, amoríos de una noche o varias, por terminar no una sino que muchas piezas inigualables.

Esta podía que fuese su historia ya contada, recordaba el viejo cuento de "5 para las 6, ya casi serán las seis."... El tiempo se le acaba, y la Desesperación llego a visitarlo así como lo hace con sus viejos amigos, aunque ella no quiso entrar en la habitación, no pudo. Y es que cuando el hombre escribía encendía la habitación en llamas, pero esta vez estaba fría tal iceberg. Su cuerpo se volvía torpe y sus manos no tenían "estate" quieto, escribía como cual ángel tu nombre a la hora de llegada, conocía tantas historias y excusas al dedillo, sabía que todas esas historias contadas eran parte de su vida pasada y mil vidas más, porque más que nadie creía en la reencarnación. La habitación se había vuelto fría y triste, el aire ya no se sentía, ni siquiera pesaba y si tuviésemos que hablar de los sentimientos y las emociones... ni siquiera podríamos mencionar el nombre de Soledad.

Sus manos ya no escribían. Había intentado tomar el té, cantar, danzar por doquier; sus piernas estaban cansadas y sus cuentos también. De haber sabido que su vida ya no se sentía tan especial como antes, este fragmentó no hubiese sido desgastado. Tal vez no hubiese contado esta historia.

El hombre sentía un duelo a morir, su lápiz lo había condenado y la máquina de escribir lo había desterrado por completo, su última arma era la resignación, pero era lo suficientemente débil para no poder rendirse; además, la misma le había sido infiel, no había remedio. Amaba lo que hacía.

Desde ese día sus cuentos no eran lo mismo, sus finales eran felices y sus historias ya no eran suyas, eran de alguien más.