La máquina de extrañar.

Susana tenía una máquina, una antigua, de esas que pocas veces se veían en los barrios; de hecho recuerda que cuando su abuelito la heredó le dijo sin más preámbulos y seguro de su valor, que esa máquina, la máquina de extrañar, era la cosa más extraña que había visto en su vida.

 

El viejo Figueres mentía, era una simple máquina, vieja, torcida y rechinaba cual tormento en pecado. La había adquirido luego de su vejez y de que la soledad en su vestido de viuda decidiera acompañarlo, aún así simple, vieja y torcida decidió guardarle un espacio en el rincón. Y vieja, sucia y torcida se quedó toda la vida.

 

La máquina era pequeña, brillante y aunque sucia y carcomida por los años, se veía en ella una nobleza de ser elegante y cara. Tal vez por eso el viejo Figueres la conservaba, Susana nunca la preguntó; ella estaba segura que aquella máquina estorbosa era una reliquia familiar y que no solamente ocupaba un espacio en el rincón sino también en la historia de un corazón. Cecilia nunca entendió porque el amor de aquel viejo por lo objetos raros y conservables, bien ella también era vieja y de hábitos pocos usuales, a lo mejor y ella era parte de la colección, y lo fue hasta el día de su partida.

 

Lo que nunca se llegó a entender era como funcionaba aquella máquina, si daba la hora o dentro de toda su instancia vivía gracias a un reloj. ¿Y sí tal vez los sentimientos le daban el poder del son que hacía aquel motor? Su motor, no era más que una similitud al corazón humano, rechinaba tal cual un latido tras otro al compas de los suyos, de aquellos que le rodearán o quedarán atónitos con su belleza sucia, poco usual y torcida.

 

Susana sabía que la máquina debía de quedarse, pero por un momento recordó que no siempre iba a ver espacio para ella. Pronto iba a casarse, aquel espacio gigantesco que ocupaba aquel vejestorio, lo iba a necesitar para su nueva mesa de visitas. Pero entonces recordó que la única petición de Figueres en vida había sido conservar aquella máquina como si fuera su razón de vivir, su máquina de latir. Aún así sabía que no había lugar para ella, se acercó, la miró con lástima y entonces recordó a Arturo, sonrió.

 

Tal vez su idea era tonta, pero Arturo sabía de estas cosas, su experiencia como mercenario lo hacía explorar objetos inexplorables cosa que tal vez nunca le funciono en esa cuestión de las relaciones personales, al menos recordaba que su historia y la de Susana era distinta, pero Susana nunca fue parte de alguna relación, sólo parte de la historia de ambos. Aquella vieja máquina fue explorada por el antiguo enamorado, virtud que ni el mismo nuevo galán había concedido. El diagnostico de Arturo: fase terminal; la máquina tenía un cáncer mortal, del que se había recuperado hace un par de años atrás, cuando llego a manos de Susana; pero que volvió a padecer cuando llego aquel nuevo mueble elegante para la familia.

 

Susana asentó con la cabeza y pidió a Arturo retirarse de la habitación, dejar aquel vejestorio así como estaba, y ya para que se iba arreglar. Su vida estaba solucionada, ella empezaría un nuevo camino al lado de su nuevo galán, cuyo nombre no es necesario mencionar, ni ustedes se acordarán; su suerte ya estaba echada, su destino lo había prometido con un gran vestido blanco y una fiesta inolvidable, no había espacio en aquella nueva historia para una máquina vieja y arruinada. Amaba a su abuelo, él la amaba a ella, pero la máquina no se iba a quedar por más que el mismísimo viejo amargo saliera del limbo y llegara a implorárselo.

 

Arturo se iba hacer cargo de aquella máquina, pero el maldito vejestorio pesaba como aquellos años en los que ambos dejaron de sonreír, los dos se rieron como si no existirían más recuerdos bobos. Susana se desahogó, lo miró y había vuelto a sonreír, recordó que Figueres en una de sus eternas cartas había expresado lo mucho que podía sentir cuando aquella máquina hacía su magia. ¿Pero como podía al menos hacer algún truco si ni su motor servía ya?, tenía un cáncer en fase terminal, la máquina estaba llena de errores que tal vez con un milagro, cinco aves marías y en manos del buen Arturo podría ver la luz, no era posible pero se podía intentar.  Muy en el fondo Susana entendió que si se deshacía de esa máquina, sus recuerdos y penurias se irían con ella, entendía que entonces algún mueble de la casa debía de cambiarlo, por más elegante, bueno y detallado que fuese alguno de aquellos muebles nuevos debía de irse; pero en su lugar comprendió que para curar el cáncer de aquella máquina y darle un mejor espacio en la sala acompañada de muebles elegantes, debía de al menos deshacerse de algo.

 

Y bueno, la máquina sigue en su recuperación; brillante, vieja, torcida y palpitante pero con grandes recuerdos en su motor; recuerdos buenos, malos o simples recuerdos fugaces, pero recuerdos. Susana no debía de eliminar a la máquina de extrañar, era al extraño que extrañaba; y eso fue lo que hizo.