cuentos de vida

Me enamoré dos días

Nunca pensé que fuese cierto, que el amor te llegaba de golpe y te tocaba hasta la fibra más íntima del ser, pensé que eso era para los grandes, para los que soñaban.

Mi mamá me dijo un día que el enamorarse era como beber café, todas las tazas de café son distintas pero pocas veces en la vida vas a amar tanto  una taza de café por ser especial, a pesar de que te guste mucho el café y seas adicto a él, pocas veces tomarás una buena taza de café en un buen escenario de tu vida.

Esta vez el amor y yo nos tomamos tal vez una o dos tazas de café, lo que mi memoria nunca podrá olvidar es que el amor viste como todos nosotros, se ríe igual que nosotros y cuenta los mismos chistes; me mira igual, con timidez y desvelo, pero igual que todos. Llegó de golpe y azotó mi puerta, consigo traía una de sus inyecciones especiales, de esas que te adormecen por un tiempo y creés que estás aún soñando despierto. Me cantó una canción de cuna mientras caminaba hacia mí de forma lenta y sigilosa; entendí que su canción no era para dormir mi alma, era para despertarla.

Se sentó a la mesa mientras yo le servía su taza de café, me miró y con voz burlona me cuestiono los pies descalzos. Yo reí. Reí como nunca lo hubiese hecho, como si el amor me hubiese enamorado.

Durante unas horas conservamos la misma taza de café, él sentado frente a mí solo con su respiración y su parpadeo, sin palabras, el frío ya no congelaba mi pies y tampoco ellos sentían el suelo, ya no más. Los detalles de la habitación se fueron borrando cual amnesia en mis manos, eran solo un par de tazas pero lo que había en ellas era más especial que la misma constelación. Me animé a preguntarle el porqué de su visita y con voz burlona contestó: “¿por qué no habría de visitarte?” Nos habíamos esperado la vida entera.

Las horas fueron pasando y nos dimos cuenta que la respiración ya era distinta, poco a poco mis pulmones se esforzaban a respirar su aire y no el mío, su olor alimentaba mi ser y se impregnaba en mí; había visto tantas veces guiñar sus ojos que su color había cambiado tantas veces como había guiñado, de café a negro pasando por un tono gris, luego verde y por último en tonos naranja, el amor tenía mirada de amanecer. Poco a poco fuimos perdiendo la timidez cuando dejó a su cuerpo actuar, caminó hacia mí y posó su mano hacia mi hombro, como asentando la invitación a otro café. Me perdí en él y dejé que las yemas de sus dedos conquistaran caricia a caricia mis esperanzas, aquellos que durante mucho tiempo fueron arrinconadas en el oscuro cajón del corazón.

Le sentí latir y las horas se sentían segundos junto a él, le pregunté si era real y sólo contestó: “¿por qué no habría de ser real?”. Sus respuestas me confundían y a rabietas me levanté de mi postrar reventando el tazón contra él, quería un amor real, no uno confuso.

El silencio llenó la habitación mientras me alejaba de él, sin ser nada tan siquiera amantes, sin ser suya ni él mío, más que solo nuestros por un par de horas, dos días, dos tazas de café.