Nubes golondrinas.

Son nubes de paso, 
Nubes de futuro que tocan la puerta tres veces, tres veces tocan mi puerta. 
Perdido, ellos me encontraron, las nubes nunca pasan por estos campos ni tampoco suelen encontrar a hombres como yo.

Pocas veces tocan a la puerta esperando un cambio en los hombres como yo. Nunca han de querer cambiar sus rumbos para rejuntarnos, no ha de tener sentido. Nuestro desierto es grande y el campo es cada vez más seco. No valdría la pena cambiar de rumbo.

Las nubes me visitaron y me dijeron al oído palabras al compas del silencioso rumor del viento, flácido, delgado y transparente, pensé haber escuchado antes esas palabras pero tal vez nunca habían tenido tanto sentido como esta vez. Las nubes hablaban, y me miraban con compasión. Creo que las hice enojar, se ofendieron ante mi y todo paso en segundos a arder, me ardía el alma. Las nubes castigan y te dejan caer al vacío mientras ardes por dentro, contaba las horas por estar de nuevo en mi campo, en mi desierto.

Mientras iba cayendo al vacío, a lo desconocido, miles de mis escamas y mis piezas caían en ese vacío y se despedazaban. Pero no era el único que caía.

Ella también lo hacia, no recordaba su rostro, tampoco nunca la había visto gritar a ese ritmo, pues su sonrisa era mayoritariamente lo que recordaba; no se como pero la arrastre a esto, ardía junto a mi y las nubes la habían castigado también.

Estaba desnudo y quedaba sin escamas, veía colores en negro llenos de saturación y contraste, no había sonido de caída, crei que cuando caías al vacío sonaba el viento entres tus dudas, pero las llamas en mi cuerpo no me dejaban escuchar.

Creo que lo primero que empaqué de este viaje era la maleta del ser miserable, y ya no podía seguir escondiendo mi rostro de las nubes; porque ellas te encontraban.

Me di cuenta que si me escondía de las nubes debía de llover. No existían recuerdos en mi mente contigo y con la lluvia, y funcionaba. Logre esconderme lo suficiente de ellas, aprendí a sonreír a medias, a calar en el ser de la felicidad... Pero sólo cuando llovía, porque era el único momento en el que te podías esconder, las nubes te miraban y siempre vigilantes; pero estaban lo suficientemente ocupadas en el resto de sus tareas.

Rogué a Dios que no saliese más el sol.