cuentos de bus

Regalando rosas.

Pocas veces las personas han llegado a preguntar porque mi infinito desprecio por las flores, principalmente las rosas… Significativamente he llegado aprender  que una mentira a veces puede cubrir una verdad de gala y con corbatín.

 

No es que se den a despreciar a tal punto de evitarlas a toda costa, si es a muerte mucho mejor.

 

En el último asiento de uno de nuestros largos viajes recuerdo haber preguntado: “Tito, ¿Porque el muchacho lleva flores?”, y creo que desde entonces nunca me hubiese afectado esta pregunta luego de tantos años y de habérmela creído tan efusivamente. Y es que las rosas pueden ser tan complicadas como sus mismas espinas, nunca se sabe a ciencia cierta que color de rosa debes de regalar, que si porque somos amigos, novios, confidentes, amantes, “amigos con el derecho de regalarnos rosas” o no se que otro estatus marital se pudiese agregar; pero de que las condenadas son complicadas, lo son. Regalar rosas debería de estar penado por la ley, al menos eso entendí aquel día en el que una pregunta inocente pudo cambiar  mi perspectiva de la vida con respecto a las flores.

 

Desde entonces he tenido una o dos veces la oportunidad de una rosa en mis manos, una de ellas no es en la fotografía. He llegado a entender también que las flores son agradecidas, el sol las acaricias para que el brillo pueda ser testigo de una buena fotografía en su máximo esplendor; su olor es único tal cual una mujer también lo es. El mundo parió a las flores para recordarnos que estamos vivos, que los colores serán eternos,  los olores se anhelan y que cada espiga que haya en ellas es una historia de dolor que las acompaña.

 

Amabas las flores…

 

Llegue a entender que un hombre no regala flores por masculinidad ni delicadeza, las flores son la excusa perfecta que el mundo ha de parir también para una disculpa, recuerdo o aún peor fallecimiento. Han de tener el efecto moribundo en mi.

 

En un día caluroso, recuerdo el paraguas gigantesco que llevábamos. Precavidos de la lluvia y yo tal vez con uno de mis vestidos más bonitos, subimos al bus ruta a Alajuela; la visita era de carácter ocasional como lo era cada vez que pudiese recordar. El viaje era largo, tal vez porque era testigos de entregarme profundamente a los brazos de Morfeo o bien porque algunas veces he de admitir que eran aburridos… No me juzgués era una niña, tal vez tímida pero niña. En mi afán por preguntar de nuevo por el “Tito, ¿Por qué el muchacho lleva flores?” recordé la mirada triste de cada ocaso en respuesta.

 

A mí me gustaría contar tu historia así, sí me lo permitís.

 

“Viste que lleva rosas, al rato y esta enamorado o lo engatusaron con algún cuento y por eso va a ir a pedir cacao. Tal vez no hizo nada malo, pero ha de ser malo el hombre que corta de raíz una flor. Las flores Dios las puso para recodarnos que estamos vivos y que su magnifica obra ha de ser maravillosa porque no ha de existir ninguna perfección tal cual la de una rosa, bella por fuera pero espina desde adentro… Cómo las rosas que tenemos atrás.”

 

Sí tal vez mi memoria no ha de fallar, llegue a entender también que hombre que ha de regalar una flor no sólo debe de amar la vida, sino al mundo que ha de parir a la doncella que corteja.

 

Las flores no se regalan, se plantan al mundo para recordarle que no hay belleza única que un buen hombre no pueda cortar sino es desde el corazón verdadero, amor suficiente para demostrar y certeza adecuada para quitarle una sus bellas creaciones a la madre tierra. Ha de ser valiente el galán que regala rosas por amor.