cuentos de bus

El viaje de la Soledad.

Azalea tomó fuerzas, despertó como si no hubiese un mañana, se amarró las enaguas y sollozo fúrica: "¿Y cuanto pretendes tu que te espere yo? Digo para ver cuantos cafés debo de sentarme a tomar o si agarro a la vida por los cuernos, hombre."

"Yo te he de esperar. Minutos de piel, pasos de hiel. ¡Pero una vida entera, no! He de perder las ganas y el interés y pues también me vale un poco de puta madre."

Tal vez no eran las palabras concisas, creo que su mayor problema era el reloj. El tic tac,  el tic tac biológico que no sólo la hizo agarrar aire para chillar sino que también aún después de dejarla desahogarse, le recordaba lo miserable que era. Azalea no era más que una criatura expuesta, brillante, hermosa, extraña de amar pero expuesta.

Su problema no era la indecisión, eso tiene solución. Su problema era la muerte, eso si no tiene solución. Cuando algo en la vida muere, un hombre enfermo, un niño, un cualquiera o peor aún un ideal, muere la vida con el, las ganas, las ansias, las preocupaciones y las pasiones carnales vividas; de eso sólo queda el recuerdo fugaz, fugaz porque de a chispazos a tenido que vivir Azalea, de recuerdos que la hagan sonreír embobada, de actos arrepentidos, de sueños que sabe que no existirán. Y saben ustedes cual creo yo que es su problema; lo que mucho en su saco cabe poco le ha de pesar, por eso lo aguanta. Pero bien estas cosas no tienen que ver con la paciencia, ya esa la perdió, tampoco con la esperanza, esa ni se asoma ni ella tampoco la invito a entrar.

El verdadero problema de Azalea era la soledad, la soledad decidió darle una bofetada, se cansó de su amargura y de sus chistes, se cansó de Azalea y la abandono. Si la soledad no hubiese dejado a Azalea, adonde estaríamos ahorita, ni yo tendría una historia que contarte ni tampoco él. Pero cuando la soledad dejo a Azalea sus últimas palabras fueron: "Me has de extrañar cuando la puta madre te lleve por dentro, ahí si, me vas a extrañar."

"Cuando quieras cogerte a la vida y no puedas, porque en cada paso ahí va a estar y yo no, yo no estaré para verlo."

El tic tac del reloj le seguía recordando lo miserable que era. Mientras tomaba su última o primera taza de café, depende de como lo quieras ver. Azalea le sonrió, él cerró la puerta; la sombra de la soledad no iba a regresar hasta que su olor, su fortuna y su sonrisa cambiasen y eso mi querido amigo, no lo hace la soledad. Lo hace alguien más.