cuentos de bus

Visita a los profundos

Por primera vez sentí un miedo incomparable.

Alguna vez lo había escuchado de los más viejos, de los enfermos y los incurables. Pero de alguien como yo, no. Llegue a pregúnteme como había de ser si... Pero entonces sentí miedo de pronunciarlo. 


En la mañana del martes me había de levantar temprano que de costumbre; ojeras profundas, cabello sin esperanzas, cuerpo inaguantable, fortuna pesada; pero no, todo era liviano, hasta las ojeras. Normalmente las mujeres hemos de tener miedos, el miedo a que nos dejen es uno de ellos, el de sentirnos feas es el peor, el miedo pavoroso al chisme y la glotonería de hablar de más, ese es el que más me aterra, el miedo a sentirnos solas y nunca amadas puede que sea uno; pero entonces me pregunte si hace un par de años Isabel o Cleopatra sintieron esos mismos miedos.

Creo que para alguien de edades venteañeras y apenas fugaces ese tipo de miedos no deberían de existir, ni siquiera "viviendo al límite" creo que ha de pasar. El miedo a equivocarnos y el no tener razón es el más pesado de todos. He de admitir que este miedo ya lo he sentido antes, tal vez en aquellas escenas de coartadas dramáticas y largas historias de ficción maravillosa. Ni el mismo Netflix me ha de enseñar en alguna de esas series de domingo este miedo.

El miedo a visitar a los que están allá, a los profundos. 
Recuerdo que una vez un compañero de la clase preguntó al viejo raro de cuerpo torcido; de profesión filosófica pero aprendiz de la ridiculez y la locura máxima, cuyo nombre no he de recordar pero he de admitir que su rareza siempre me ha sido peculiar, el no parecía sentir este miedo. Vivía al límite, preso de un par de años en una vieja celda de Chile cuyo nombre tampoco recuerdo haber escuchado, hombre enamorado del sexo, los libros y el bosque tropical; pero aún más perplejo del frío en su alma. El que Daniel allá preguntado: "Profe, usted cree en la muerte?", luego de haber transcurrido apenas un par de semanas del trágico terremoto del antiguo Chile; fue y ha sido hasta el momento mi noble confesión y adhesión de que es y será la muerte.

Su respuesta fue: "Yo no le tengo miedo, si eso es lo que preguntas!, para mi todos los días he de morir un poco desde que aquel poco hombre ha de embarazar a mi madre, pues mira vos chavito que me he de ver más flaco y muerto todos los días. Pero que rico se siente morir, no te parece?". En mi vida he visto expresiones de placer al hablar, pero nunca una como esa.

Creo que la satisfacción de estar vivos es más grande que la del miedo a morir, cierto? Y si me he de equivocar en ese enseñanza bien recibidos los comentarios.

El miedo ha morir es para todos, el miedo tiene sus grados y oportunamente se ha de sentir distinto según la edad. El mío debe de ser el de irme, creo. Aunque he de admitir que en edad adolescente paso por mi mente una que otra vez el: "y si me voy yo sola, sin que el de arriba lo decida", lo se para ese entonces los miedos tienen dimensiones distintas y no tienes más preocupaciones que las de odiar a tus padres, al mundo y a la adolescencia en su máximo esplendor.

Pero este miedo es distinto, es el miedo a irme y de no volver. Creo que eso es señal de que disfruto estar aquí, aunque cada día el mundo esté más sucio, la gente tenga menos piedad y la inocencia la escondan en un rincón del cajón todo los días.

Si el miedo a irme es tan grande como para sentirle pavor, he de admitir entonces que no es el de visitarlos allá arriba, es seguro el de decirle la verdad a quien ya la conoce. Pero y entonces, ¿Porque mentimos? Porque robamos?

Saben a que le tengo miedo también, a que el atardecer de allá no se vea igual que al de acá. Que el olor de las flores se sienta lejano, a tener que ser testigo de lágrimas ajenas a mi, a que la noche no me abrace y me haga implorarle respeto por un mañana más brillante, miedo a no ver más a color. Mientras, voy a pretender vivir, mirar y dibujar en el cuaderno de los miedos cotidianos.

No le escribo a Dios, pero sería genial que el día en que me vaya me permita llevarme unos cuantos lápices de color, café y porque no hasta un par de cigarrillos, de por si muerta ya he de estar no?