Mi barquito de papel

Desde niño conocí la fuerza de un barquito, tenía tan sólo años, recién caído del palo de mango y aún verde, navegando cual joven explorador en una isla sin rumbo.

Te contaré mi historia, he de ser un niño como cualquiera, la gracia de Dios tocó a mi puerta navegante y me subió a la barca de un Capitán sin igual, Ella era su nombre, me dejaba mirarla y contemplar su belleza hasta que mis años tuvieran el derecho de decirle mamá.

He vivido entre barquitos de papel, el Capitán que me invitó a su balsa me enseñó a nadar entre fuerte olas, me enseñó a ser pirata sin serlo si quiera.

Creamos juntos el primer barco de papel, resistente, capaz de soportar la ola más fuerte y la tempestad menos inesperada; pero no me dejó navegarlo hasta que estuviese listo, decía Ella.

“Fuerte el marinero que navega su barca debe ser, y la barca tan fuerte debe ser como para soportar a su marinero.”- decía.

Doblé un par de esquinas y con ayuda de mi Capitán logré un barco firme, capaz de soportar la superficie y la tempestad, a repeler el Sol que pudiese dañar sus alas y lo más importante, que todo aquel navegante que fuese invitado a la balsa tuviese el mismo amor por la vida como el capitán que lo manejaba. Esto y más aprendí de mi Capitán.

Fuerte y delicada, su pelo se mecía como las olas y al ritmo de ellas me cantaban un son de cuna para calmar mis penas, fuertes abrazos que protegían la lluvia fueron entregados.

Los años pasaron y aunque siempre reclamaba  a mi Capitán el deber de ser navegante de mi propia balsa, olvidé lo mucho que ansiaba adentrar en el mar del mundo y conquistar sus aguas. Hasta que un día el Capitán sin más ni más me recordó que estaba listo, al igual que ella, fuerte y resistente para ser el propio Capitán de mi balsa; eso que los mortales llaman vida, eso que las aves llaman dejar volar a sus pichones.

Ahora miro a mi Capitán desde mi propia balsa, su pelo sigue brillando, sus manos fuertes suben a mi barco de cuando en cuando para aferrarse a mí y recordarme lo mucho que me ama, la miro desde mi balsa y pienso en ella como las olas cuando sacuden mi mundo para incorporarme a él.

Miro a mi Capitán, la misma a la que Dios me dio la gracia de llamar mamá. El mismo Capitán que me dejó subir a su balsa, un barquito de papel. 

 

- Blog dedicado a Ricardo Cordero y su mamá, gracias por enseñarme esta gran lección de amor -